Por Esteban Machiavello.
Cuando el cuerpo no espera lo que llaman amor…
G. Ceratti
Cuando Maquia salió a la vereda ya no llovía. Por eso salió, odiaba caminar por las baldosas macristas de la ciudad que te escupen por pobre, por tener que ir a pata. La noche estaba todavía húmeda, como esos cuerpos anhelados que ya no sentía cerca, y fue a por ellos. Para eso había que caminar, porque es mentira que el deseo viene hacia uno, al deseo hay que ir a buscarlo, queda a unas cuadras, o en la puerta de tu casa si tenés suerte. Justo eso era lo que maquia no tenía, aunque hacía varios tiros que caía parada como los gatos. Pudo salir de muchas feas. Horribles, de esas rachas que te parten al medio y no se sabe cuando se terminan. Tanto balde de mierda encima le daba vueltos cariñosos, como caricias de sol, como cuando te encontrás plata en la calle. A veces tenía la suerte del tenista de aquella película de Woody Allen.
Esta vez era una de esas veces que maquia salió a ver qué onda.
1) El porro la tiró a la calle
2) Un poco de perfume nunca, pero nunca, viene mal
3) La verdad es que estaba un poco caliente
4) Llaves
5) Puchos
6) Billetes con la cara de Belgrano
Se las tomó. Rivadavia era la mejor calle para volar a esa hora. Alguna que otra billetera la tentó, pero no era punga, aunque le encantaban las maricas pungas, esas que se cagan en la propiedad privada, que ahora les dicen mecheras. Divinas. Le hacían acordar a sus amigas del barro/rrio, que no le temen a la mugre. Pero la podía cagar feo si la agarraban. Estaba medio lenta de reflejos así que archivó sus pretensiones y siguió.
En una calle oscura del once apareció ese. Tenía una gorra con la visera para atrás, una remera con una leyenda gringa y pantalones de gimnasia. Ellos no usan joggings, usan pantalones de gimnasia, como las llantas, que estaban lejos de ser altas. Sentado en una mesa de un tugurio que la iba de bar, en la vereda. Adentro había má mesas, 2 o 3, todas con mamados durmiendo, sentados en la silla, pero acostados en la mesa.
Maquia entró. Se pidió una birra y se la llevó a la mesa de afuera, justo la próxima a la del chongo. Se sentó, se prendió un pucho y se sirvió un vaso. Algo estaba por pasar.
- Hey! Chavón, que onda, loco?
- Que pasa viejo?
- Que onda vos?
- Yo? Jaja, me estoy por tomar esta birra. Andá y pedite un vaso, hay para los dos.
- Joya
Tendría 20 años, o menos. Era lindo, y sin esa mugrepegadadedías podía ser hermoso. Lejos estaba de las intenciones de Maquia tirarle onda, solo quería conversar con gente que tuviese algo más interesante para decir, y este pibito prometía en esa cancha.
Volvió con el vaso y se sentó frente a él. Dijo que tenía un poco de frío y que era de muy buena onda la invitación. Le preguntó a maquia si vivía por acá o estaba volviendo su casa.
Pregunta evadida 1.
maquia le cantó retruco y le preguntó:
- Vos?
- Nah, yo soy de constitución. Pero vos que onda chavón?
- Ya te dije, salí a tomar una birra, siempre vengo acá.
- Nunca te vi- le dijo el pibe y la descolocó.
- No, yo tampoco. Y eso que vengo seguido.
Vivía con 3 hermanos en una casa en constitución. La madre nunca estuvo. Se borró cuando el era chiquito. Está esperando que los hermanos le consigan laburo en la fábrica de hilos donde trabajan los dos. Pero está bajoneado porque no tiene el secundario completo, pero lo quiere empezar. A quien se le ocurre pedir el secundario como algo excluyente para hacer hilos?
- Igual, si tenés unos mangos, mejor.
- -no, no tengo plata, lo último me lo gasté en esta birra. A ver…bancá.
Revolvió el bolsillo y encontró un billete con la cara de Sanmartín.
- Mirá lo que tengo. Tomá.
El pibe agarró la guita y le palmeó el hombro para agradecerle. maquia estaba feliz.
- No querés que te presente a unos amigos?- el pibe estaba contento, pero a maquia no
le seducía mucho la idea de dejarse llevar por el hombre X, era confiada, pero no boluda.
- Adonde están?
- En el cine de enfrente de la plaza, lo conocés?
- Nunca fui. Pero vamos. Vamos.
Tenían que patear dos cuadras y ahí estaba la plaza. En frente, el cine porno del once.
En la puerta había un lelo, un tipo que tenía ciertas dificultades para hablar, o por ahí estaba 0 km, y los que tenían problemas eran los que lo veían. La romántica y eterna discusión sobre la locura y sus estrofas. Los que se refieren así a esta patología es porque nunca la piraron posta, nunca se les soltó la cadena ni tampoco vieron a ningún loco de cerca. Se sufre mucho. No está bueno estar loco. Lo juro.
Y ahí estaba el tipo, cortando los boletos que vendía un gordo con anteojos de marco grueso, ubicado en su garita de vendedor de entradas de cine. Parecía una escena del cine argentino viejo, de los años 50, el de la época de oro, cuando Argentina importaba la cinta del cinematógrafo, antes de que el general se peleara con los gringos y nos cortaran el suministro de aquella cinta. Cuando se empezó a fabricar en argentina, sustitucióndeimportaciones, el general mediante, la cinta no era tan buena. Cualquiera que logre ver una película argentina de aquella época y no escuche bien en que idioma hablan, es porque es cinta made in argentina. La intención fue buena, pero el producto era medio flojo.
La cosa es que el lelo también era gangoso.
-*-‘%#el #”’+*bo]>le+*’to, se+*[}`#ñor- dijo el tipo en perfecto slang de alguna parte.
- como no, acá tiene.
Y por supuesto, el pibe X no pagaba. Era de la casa, como un vino barato de un restaurante medio pelo.
Una vez adentro era inevitable un choque con una escalera que alguna vez fue blanca, igual que las paredes, como si todo el lugar histeriqueara de limpieza. Ok, estaban en un cine porno en uno de los barrios que no son famosos por lo limpios, pero el color blanco dejaba una pregunta sin respuesta: ¿por cuá?
No era una escalera muy larga, pero subirla fue una excursión. Se ascendía, y a la vez se descendía a todo. Subir era bajar. Avanzar era retroceder. Pero la curiosidad era lo mejor que tenía maquia.
El final de la escalera encendió su alerta. A partir de ahí podía pasar cualquier cosa, era tirarse a una pileta de deseo-mierda-guasca-miseria, un proyector de diapositivas de la realidad más trash.
En el descanso de la escalera y contra la pared había un sillón de 3 cuerpos, pero sobre el había dos. Uno de ellos tenía el pelo con gel y una bufanda de colores alrededor del corto cuello. Una campera negra onda rompevientos sobre un colchón de sweters y un jean+zapatillas blancas era su uniforme de batalla. El otro no tenía gel en la cabeza, se sentía mejor con el pelo sucio y desprolijo, como la canción de Pappo. Tenía una campera inflable negra y de ahí para abajo estaba igual que su compañero de sofá.
Cuando el pibe X los vio, se les tiró encima. Los del sofá lo vieron, y largaron un grito finito, seguido de un: ¡vino mi novio!!
El lugar había eclipsado las ganas que tenía de conocer a los chongos amigotes del pibe X. Aunque no sabía si iban a ser chongos, travas, dealers, pungas, presidiarios, electricistas, doctores, o lo que fuera. Era un lugar absolutamente ecléctico. Lo misceláneo en todo su esplendor. Había de todo.
-si llega a estar el Ricky es un golazo- dijo el pibe x, que a esa altura estaba medio pesado de palabras. Maquia estaba obnubilado con el lugar y no necesitaba que se lo describan. Pero la palabra Ricky ameritaba un comentario:
-vamos a buscarlo- le dijo Maquia sabiendo que algo bueno tenía que tener un sujeto apodado así, al que, además, estaban buscando por todo ese complejo carnal.
La sala …chiquita, con pocas butacas, ojalá las hubiera podido contar. La cosa es que el tal Ricky no estaba ahí. Ninguna de las nucas que se veían pertenecía al Ricky. Había que subir a buscarlo al piso de arriba. Sí. Había un piso de arriba.
En el costado de la pseudosala de cine había una escalera, además de la que había en la entrada, con esta escalera parecía que el cine no terminaba nunca, seguía para arriba sin parar. Era un pasillo con escalones oscuros, como todo allí. Como todos allí. El pibe X invitó a Maquia a subir los escalones y no hubo negativa, más bien entusiasmo. Subieron.
Había más butacas, menos que en la sala de abajo. Y había un balcón por el que se podía ver la película, la misma carnicería que se podía ver desde abajo. Serían una 5 filas de asientos en escalera, tipo gradas. A un costado había un cuartito oscuro.
-Está acá? Lo ves? Como es?- le preguntó Maquia al pibe X.
-Debe estar adentro.- contestó.
Ese “adentro” significaba adentro del cuartito. No era un lugar del todo cerrado, tenía una entrada sin puerta y la poca luz de la película facilitaba la visión, pero había que hacer fuerza para ver bien. El pibe X se encontró con una trava que estaba parada mirando la película, acodada en el balcón, moviendo las patitas, marcando su estado nervioso, o relajado según se lea. La travesti le hablaba como si se conocieran de toda la vida, en voz alta y a veces a los gritos, se apoyaba en el hombro del pibe X y se reía a carcajadas moviendo la cabeza para adelante y para atrás. Todo en ella era exagerado: la ropa, la pollera, el pelo, el maquillaje, la risa. La voz.
Maquia no pudo contener el aburrimiento, porque el pibe no le presentaba a su amiga, y ella parecía no registrar nada más que a la película y a su interlocutor. Entonces maquia se dio media vuelta y se metió en el cuartito. Había que esquivar señores, algunos muy mayores, de esos que caminan con dificultad, pero sin bastones, lo única que faltaba. Los señores que entraban y salían de allí no eran homogéneos excepto por la edad. La mayoría usaba camisas, con un sweeter de Cashmir anudado en el cuello. Todos con anteojos. Algunos llevaban una camperita tipo cardigan. Cuando lo miraban a Maquia ponían cara de cocinero que está afilando su cuchilla, Serial killers de la cocina donde se hierve el porno con salsa de sexo duro y condimentos de pija. Se atolondraban, se arrojaban, se rozaban, se tocaban. Entraban y salían atravesando las paredes de sombra negra-líquida recordando una puerta que nunca estuvo.
Afuera estaba el pibe X haciendo club con la travesti mas algún otro sujeto alto y destrozado que se expresaba con una voz de ultratumba vibradora de ambiente.
Adentro estaba Maquia, recorriendo con la vista un pequeño ecosistema lascivo y degenerado, deteniendo la mirada sobre pedazos de piel rescatados por la luz de afuera que se filtraba adentro. Tratando de distinguir un brazo de una pierna, una persona de una sombra, la sangre del esperma o la saliva de seres en movimiento diletante.
A un costado, una situación. Las sombras se amontonaban, se arrojaban sobre dos, tres o cuatro sujetos que se ensamblaban en un barroco de carne y pelo, que se movía espasmódicamente, que llenaba el lugar de adrenalina e histeria colectiva, se corría la bola que arriba se había armado el rockanroll. Y los zombies acudían desde la escalera, desde las gradas, desde todos los rincones de aquella patria libidinosa para presenciar el acto, o en su defecto participar.
Maquia miraba y se alejaba, sorteando la marea de sexo hacia atrás, hacia la última de las paredes, desde donde se podía tener una perspectiva de todas las conductas. Pero uno de sus pasos se detuvo porque había pisado algo blandito, como si fuera ropa o una mano. Y era eso. La mano que había pisado le pertenecía a un joven que estaba sentado en el suelo, con la pared apoyada en el ángulo de las paredes del fondo, ambos brazos caídos al suelo y con la cara mirando al techo, apoyada en la pared. Se lo podía adivinar una boca abierta, con un río brillante que partía de su boca y terminaba en un goteo del cuello al hombro. No sabemos si estaba muerto o estaba en otro lugar. Tenía una media atada al brazo y una aguja clavada en el mismo que dejaba caer una jeringa como de juguete. Era una escena a lo David Lynch, pero interactiva, en la que los espectadores entraban y salían de su lugar de espectadores y hacían lo mismo de su lugar de actores.
Maquia no sabía si preguntar, esperando alguna reacción del muerto para saber si no estaba verdaderamente muerto. Si no reaccionaba ante un samarreo había que ir mirando para la puerta.
Lo dicho. Hubo otro samarreo disimulado, moviendo un poco aquel cuerpo vacío, pero no hubo respuesta. Y hubo que mirar para la puerta. En el medio de la melange de masculinos que se amontonaban adentro del cuartito apareció el pibe X. Fue derecho al final y vio al muerto en el piso, se agachó y empezó a gritarle para que se levantara. El muerto era Ricky y su amigo estaba en un grito tratando de despertarlo.
Ya había sido suficiente. Maquia enfiló a la escalera y descendió a la sala de abajo. De ahí a la otra escalera que estaba afuera de la sala, para salir del cine.
¿Qué es lo primero que se piensa cuando pasan estas cosas? Enseguida vienen al cerebro móviles con sirenas de colores en el techo, ambulancias o patrulleros. O nada. O dos o tres integrantes del staff del cine arrojando un cuerpo totalmente drogado a la vereda. Maquia no quería ver eso, después de todo, el muerto también era una persona.
Entonces se fue del tugurio, empezó a caminar a paso distraído por las calles del once, medio atontado por lo que pasó, hediendo olor a muerte. Agarró por Jujuy para arriba, hasta la próxima avenida. Ya tenía hambre, porque estaba aterrizando del viaje postporro, iba cambiando las imágenes del cine por otras, eran fotos de comida. Mucha comida.
Aquella cara del muerto volvía a veces, era la misma cara reproducida en muchas caras de la plaza Miserere. Ojos cerrados o entre abiertos, vacíos. Boca abierta con salida de baba. Y la nada misma en el rostro. Todavía están allí, mirando para arriba.
