MAMITA QUERIDA


Pequeña semblanza sobre la perturbadora “Tenemos que hablar de Kevin”.

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-        Porque lo hiciste? Cual es el punto?

-        El punto es que no hay punto.

Kevin responde mientras mastica vidrio, sacándose los pedacitos y ubicándolos en el borde de un plato de comida. Su mamá le preguntaba algo que resume la esencia de la película. Le preguntaba sobre los motivos, buscando alguna razón que justifique su comportamiento, su actitud, algo que de luz sobre el futuro de un psicópata. No hay tal luz. El mal está ahí en la casa, mirando a mamá de reojo, moviéndose como felino salvaje a punto de atacar.

Lynne Ramsay es la directora de esta película que rememora otras viejas películas como La Profecía o El bebé de Rosemary donde se veía el crecimiento de la maldad, donde la sensación del espectador es de impotencia frente a lo incomprensible, o la resignación ante lo que está dado. El enemigo de mamá fue arrojado al mundo, sin ninguna explicación posible más que la ofrecida por los hechos concretos, como una sucesión de eventos esperados que decantarán en la masacre consagratoria del asesino.

La directora invierte la frase de Hannah Arendt sobre la banalidad del mal. Para la filosofía de Arendt, el mal llevado a cabo por personas, como por ejemplo los nazis en la segunda guerra, no era producto de su mente enferma o su mentalidad psicópata consecuencia de traumas o abusos, sino que esa maldad se inscribía dentro de las circunstancias. Eran empleados de una ideología con una maquinaria asesina. Eran meros burócratas que torturaban y asesinaban obedeciendo órdenes, sin reflexión sobre sus actos.

En Tenemos que hablar de Kevin no existen órdenes ni empleados. Tampoco se registran abusos. En todo caso, el espectador tendrá que develar cierto trauma que tampoco está a la vista, ni justifica la crueldad del pequeño monstruo. En la película no hay tiempo para banalizar el mal, sólo hay que padecerlo.

Tilda Swinton es la madre-víctima que observa la existencia de su bebé de Rosemary, su crecimiento y su consecuente final.

-        Si no hubieras llegado a mi vida, en este mismo momento yo estaría en Francia. Ya arruinaste mi viaje, intentemos no arruinar nada más.- Le dice la madre a un bebé, pocos meses después de haberlo traído al mundo. 

Le habla como quien le habla a un objeto del que no espera ninguna reacción. No entiende, es un bebé. Pero ese bebé llegó en mal momento, generó malestar, que irá in crescendo hasta límites insoportables.

Es una película de terror, no por lo que se ve, si no por lo que se siente. La violencia no está a la vista, es una violencia sutil, de mal gusto aunque exquisita, perceptible y obvia pero incomprensible. Todo está dicho, y solo hay que esperar los golpes, que llegan en cuotas, pero muy fuertes.

El padre de Kevin, John C. Reilly (aquel mister Cellophane de Chicago) es la negación del mal. Kevin no tiene problemas de adaptación, tiene muchos amigos, y si no los tiene los hará, ya se le va a pasar y no es para tanto. Papá no entiende nada y Kevin es un buen chico, y le da palmadas en el hombro, y don´t worry boy. Así, el monstruo tiene un pseudoaliado en casa, frente al enemigo a destruir: la suma de todos los males, la madre.

Basada en un libro de Lionel Shriver, la película intenta obtener una respuesta sobre las mentalidades de los adolescentes devenidos matadores de sus compañeros de escuela. No a la manera de Bowling for Columbine (Michael Moore, 2002) en donde la crítica apunta a toda la western-society de los Estados Unidos, Tenemos que hablar de Kevin nos encierra en la casa donde se gesta por sí solo un engendro sádico, ante la mirada impotente de su madre, la misma mirada del espectador.

Esteban Machiavello

Published in: on mayo 28, 2012 at 7:22 pm  Dejar un comentario  
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EL HURACÁN DE LOS MUERTOS


“Vi ontem um bicho

Na imundície do patio

Catando comida entre os detritos

Quando achava alguma coisa,

Nao examinava nem cheirava:

Engolia com voracidade.

O bicho nao era um cao,

Nao era um gato,

Nao era um rato.

O bicho, meu deus, era um homem.”*

                                                                                      Manuel Bandeira

 

 

-        Acá mataron a una piba. La descuartizaron. Son cualquiera. Desde ahí que no se puede cruzar el alambrado. Por eso nos quedamos de este lado, con la ranchada.

-        Cuando fue eso?

-        El mes pasado.

-        No me acuerdo haberlo leído en algún lado. Me parece que no salió mucho eso.

-        No, que va a salir? Si acá no llega nadie. Y las ranchadas que quedan debajo de la galería de la cancha se están yendo. Está bravo.

-        Saben quien fue?

-        No.

-        Alguna sospecha? Alguno de los que vive por acá?

-        Si, seguro que fue alguno de estos. Pero no se va a saber.

-        Pero se imaginan…

-        Pero no se va a saber.

A Pablito se lo puede ver delante de un carro, o atrás, por el sur de la ciudad, un sur de mierda, con olor a mierda y con una gestión de mierda. Pablito vive juntando cartones. Siempre tiene la costumbre de tener hambre. Sana costumbre la de Pablito, encima se le ocurre comer. El estómago debe ser el órgano más odiado, después del corazón. Cuando duele el corazón, te quiero ver cuando duele el corazón. Pero cuando duele el estómago, hay que papear. Así de fácil. El problema está cuando no hay, cuando no aparece nada para meterse al buche. El hambre trae escorbuto, desnutrición, enfermedades variopintas. Pero lo primero que trae es la desesperación.

Pablito vive debajo de unas casitas de cartón y tela, una ranchada, en alguna calle del sur de la ciudad. Dícese Parque Patricios, Barracas, La Boca, más todos los lugares donde más de uno no quiere ir de noche. San Pablo Deloscartones se mudó cerca del estadio de Huracán, maldito y divino, tan grande, como para desahogar a 50 mil personas de un solo saque, una vez cada 7 días.

Hasta ahí llegan los voluntarios, con afectocomidaropa, y ven salir a los muertos de todos lados. Estacionan sobre la avenida Amancio Alcorta, sobre la vereda del monstruo de los quemeros, como arrodillándose a los pies del estadio. La parte de atrás de la cancha tiene una callecita que va en un solo sentido, donde los autos que tienen que pasar por ahí lo hacen subidos al viento, tan rápido que no se los ve. El estadio, la calle, y en frente, un alambrado que contiene quien sabe qué, algo escondido tras los yuyos altos como puertas blindadas. Ahí está la quema, con todo lo que ella contenga. Según Pablito, ahí mataron a una piba.

-        Sí, se escucharon los gritos, pero…

-        Con toda la gente que vive en la calle, me imagino que, gritos hay siempre…

-        Obvio. Quien se iba a imaginar que le estaban haciendo eso? Hasta yo me parece que esa noche andaba por ahí y los escuché, pero que se yo, creí que había una joda, o algo así…

Cuando llegan los autos de los voluntarios, a los muertos se los ve salir de atrás de algo. Las personas que viven en situación de calle, alrededor de la cancha de Huracán, siempre están atrás. De todo. Bien atrás, en el fondo.

-        Por que tienen esos bultos en la cara? O en el cuerpo?

-        Es por la droga. –dice Celia, una enfermera buenaonda que se le anima a la miseria.- se meten tanta porquería barata en el cuerpo, que el aparato digestivo dice basta, y se manifiesta en la piel. Esos forúnculos se forman por eso. Después se les va.

Pablo no tiene nada, al menos no se deformó. Los demás tienen bultos en la piel de la cara, y en los brazos. Los deforma el olvido, por la mala suerte de no haber nacido en una casa como la tuya, o en lugares donde la única salida era la cárcel. Porque…¿que se hace con un tipo que no se puede meter en el sistema? Se lo encierra. A veces se lo mata, en un enfrentamiento, claro…

Algunos sólo se acercan por la comida. Se pasan la mano por la cara muchas veces, disimulan que están relocos. Saludan, y siempre miran a los ojos. Sostienen la mirada e intimidan hasta al más corajudo. Reciben la vianda, saludan y se van más rápido que ligero. Vuelven a esconderse. Desaparecen.

Un flaco de unos 25 años estaba sentado en el cordón de la vereda con otro pibe, que tendría unos 17,18 años, de ojos azules, tímido en exceso, de esas personas que no contestan cuando se les pregunta algo, pero por vergüenza o algo de eso, daban ganas de sacudirlo para que reaccione. Los dos se acercaron para pedir morfi, pero el que hablaba era el de 25.

-        Y para el también.- dijo el más grande cuando se le dio la vianda.

-        Querés un jugo? Como te llamás?

-        … (dijo “sí” con un movimiento afirmativo de la cabeza)

-        Que te pasa? Te sentís bien?

-        …(el mismo movimiento)

Y agarró la vianda y el jugo. Los dos se alejaron despacio y se sentaron en la esquina a comer. No tardaron nada en terminar el guiso, y se les dio un poco más.

-        será mudo? – preguntó alguno de los voluntarios.

-        No habla porque es una nena. – contestó otra. – está vestida como un pibe, y se corta el pelo como un pibe para que no la violen en la calle. Debe funcionar, porque ni vos te diste cuenta. Ojalá que funcione…

Cuando terminaron de comer el segundo plato, se las tomaron. Agarraron la avenida y se perdieron en la noche. A la vista, la distancia los hacía cada vez más chiquitos, hasta que se veían como dos puntitos allá a lo lejos, cuando terminaba la ciudad, en el borde. Donde siempre estuvieron y no quieren estar más. Allá. En el borde.

Esteban Machiavello

*”Ayer vi un animal

En la suciedad del patio

Recojiendo comida entre los restos

Cuando encontraba alguna cosa

No examinaba ni olía.

Tragaba con voracidad.

El animal no era un perro

No era un gato

No era un ratón.

La criatura, Dios mío, era un hombre.”

Published in: on mayo 28, 2012 at 6:48 pm  Dejar un comentario  
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SIESTA


Por Paula Pita Fortín

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Si una palabra resume a Siesta, esa es cadencia.

De la mano de Lucrecia Carrillo y su tonada, el Movimiento de Campesinos de Santiago del Estero (MOCASE) tiene vida en la ficción. Con pelo a la cintura y corazón de madre, la actriz revive en carne viva las veinte muertes acaecidas en el monte desmontado. La vida, obra y padecimiento de una trabajadora, que ni invocando los mil y un demonios pudo salvarse de la tragedia.

El caso que Lucrecia y Nerio Tello -director-  plantean es el más atípico de los casos. El fin con, pero sin violencia. El fin del azar. El fin por el fin mismo. El fin de topadoras, de ilusiones, del latir.

Los exquisitos diálogos, más bien monólogos. La entonación justa, perfecta y necesaria, hacen de Siesta una obra que iguala a la lucha con el talento de interpretarla.

Los golpes del bombo, efectos sonoros, la musicalidad a cargo de Peteco Carabajal vuelven a tener sentido en el marco de la inocencia con condimentos de rabia, maternidad, femineidad, vírgenes, religión y otros yuyos más.

Sin habladurías, Siesta es un canto al respeto por los Derechos Humanos que en pleno siglo XXI siguen siendo ignorados.

Elenco

Sobre una idea de la actriz santiagueña Lucrecia Carrillo –protagonista de la obra–, Nerio Tello es responsable de la dramaturgia y la dirección. Clara Ripoll está a cargo del diseño y operación de iluminación y sonido y concepción visual del espectáculo. Jorge Godoy Zarco es responsable del vestuario y la ambientación. La banda de sonido del espectáculo fue grabada gentilmente por Peteco Carabajal y Mora Martinez del reconocido grupo Aymama. www.siestateatro.net

“Siesta” será reestrenada el 8 de marzo de 2012 en el teatro La Mueca (Córdoba 5300, Palermo) a las 20 hs y realizará funciones todos los jueves de marzo y abril en la misma sala. Tel 4777.0825 info@lamueca.com.ar // www.lamueca.com.ar

Published in: on marzo 1, 2012 at 4:29 am  Comentarios (1)  

Las chicas lindas III


Por Pita. 

Foto: Natacha Guevara.

Hadas, cicatrices, mierda, raíz, niñez, rubias, príncipes, rastas, princesas, sucio, feo. Rodete, aros, lastimadura, lágrimas, pestaña, lindo. Enanos, trampas, soledades, verdades.

A las chicas lindas no se le caen los anillos.

Se visten y desvisten. No tienen mal olor. Con aroma al pasar, se ríen y en otra parte del mundo aletea un cóndor -la mariposa les queda chica-.

Las chicas lindas no hablan, silban, y silbando van, silbando vienen. Juegan. Traspiran polvo de hadas. Mueven el cuello, y los huesitos se les marcan en forma de boomerang, y al run run de la caminata componen una melodía. Resalan entre muchas, pero no exageran. Cautas, celosas, simples.

Las chicas lindas pasean, mueven un dedo y dibujan, mueven la boca, y en un abrir y cerrar de labios, marean.

Las chicas lindas brillan sin querer brillar. Polulan, como polulan las pelusas en el aire cuando les da el sol. No molestan, porque son silenciosas, más nunca podría atreverse, una chica linda, a hacer algún ruidito de más.

Las chicas lindas visten dientes bien puestos, y cuando alguno está descarrilado las hace más humanas, y ahí es cuando abren la boca y destilan amor.

Pero al cabo, al fin, en el rincón del cuarto, en el fondo del cajón, guardan escondido un pedacito de mugre, de tierra. Porque cuando el músico toca la última estrofa, las chicas lindas se dispersan, corren sin pensar, se chocan paredes, y pocas tendrán la habilidad de salir de ese cuento de Disney y ser una más del montón, sin esperar, que príncipe alguno, las venga a buscar.

 

Published in: on febrero 5, 2012 at 2:16 am  Comentarios (1)  

La mano de Elena


Por Pita.

Foto: Cristian Scotellaro.

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De pocas pulgas. No sabía si ficción o realidad, si cuento o crónica. Los botones en forma de corazones decoraban las paredes, dos habitaciones, una más grande que la otra, y en algún recoveco el estanque.

Verde y plateado, los colores del jardín. Verde por las plantas, plateado por las baldosas. La cubierta era casi cristalina, las venas formaban una suerte de viboritas que abrazaban a los dedos, y una sortija se anticipaba a las uñas delicadamente limadas. Detrás de esa epidermis, cargada en años, las manchas marroncitas se perdían en los nudillos que afloraban como brotes de rosas.

Esa mano se aferraba a la luz, al calor, al blanco de las sábanas. Y la sangre, lenta y cargada, corría suave, como un arroyo que ramifica sus vertientes y alimenta a pastitos de pecas.

De fondo un televisor, argumentaba alguna bataola, y de costado la ventana silbaba aires ajenos.

Cuando Elena cayó en el hospital sabía que, muy a pesar de las arrugas, la sala de pediatría era la única libre.

Published in: on enero 10, 2012 at 2:42 am  Dejar un comentario  

ONCE upon a time


Por Esteban  Machiavello.

Cuando el cuerpo no espera lo que llaman amor…

G. Ceratti

Cuando Maquia salió a la vereda ya no llovía. Por eso salió, odiaba caminar por las baldosas macristas de la ciudad que te escupen por pobre, por tener que ir a pata. La noche estaba todavía húmeda, como esos cuerpos anhelados que ya no sentía cerca, y fue a por ellos. Para eso había que caminar, porque es mentira que el deseo viene hacia uno, al deseo hay que ir a buscarlo, queda a unas cuadras, o en la puerta de tu casa si tenés suerte. Justo eso era lo que maquia no tenía, aunque hacía varios tiros que caía parada como los gatos. Pudo salir de muchas feas. Horribles, de esas rachas que te parten al medio y no se sabe cuando se terminan. Tanto balde de mierda encima le daba vueltos cariñosos, como caricias de sol, como cuando te encontrás plata en la calle. A veces tenía la suerte del tenista de aquella película de Woody Allen.

Esta vez era una de esas veces que maquia salió a ver qué onda.

1)      El porro la tiró a la calle

2)      Un poco de perfume nunca, pero nunca, viene mal

3)      La verdad es que estaba un poco caliente

4)      Llaves

5)      Puchos

6)      Billetes con la cara de Belgrano

Se las tomó. Rivadavia era la mejor calle para volar a esa hora. Alguna que otra billetera la tentó, pero no era punga, aunque le encantaban las maricas pungas, esas que se cagan en la propiedad privada, que ahora les dicen mecheras. Divinas. Le hacían acordar a sus amigas del barro/rrio, que no le temen a la mugre. Pero la podía cagar feo si la agarraban. Estaba medio lenta de reflejos así que archivó sus pretensiones y siguió.

En una calle oscura del once apareció ese. Tenía una gorra con la visera para atrás, una remera con una leyenda gringa y pantalones de gimnasia. Ellos no usan joggings, usan pantalones de gimnasia, como las llantas, que estaban lejos de ser altas. Sentado en una mesa de un tugurio que la iba de bar, en la vereda. Adentro había má mesas, 2 o 3, todas con mamados durmiendo, sentados en la silla, pero acostados en la mesa.

Maquia entró. Se pidió una birra y se la llevó a la mesa de afuera, justo la próxima a la del chongo. Se sentó, se prendió un pucho y se sirvió un vaso. Algo estaba por pasar.

-        Hey! Chavón, que onda, loco?

-        Que pasa viejo?

-        Que onda vos?

-        Yo? Jaja, me estoy por tomar esta birra. Andá y pedite un vaso, hay para los dos.

-        Joya

Tendría 20 años, o menos. Era lindo, y sin esa mugrepegadadedías podía ser hermoso. Lejos estaba de las intenciones de Maquia tirarle onda, solo quería conversar con gente que tuviese algo más interesante para decir, y este pibito prometía en esa cancha.

Volvió con el vaso y se sentó frente a él. Dijo que tenía un poco de frío y que era de muy buena onda la invitación. Le preguntó a maquia si vivía por acá o estaba volviendo  su casa.

Pregunta evadida 1.

maquia le cantó retruco y le preguntó:

-        Vos?

-        Nah, yo soy de constitución. Pero vos que onda chavón?

-        Ya te dije, salí a tomar una birra, siempre vengo acá.

-        Nunca te vi- le dijo el pibe y la descolocó.

-        No, yo tampoco. Y eso que vengo seguido.

Vivía con 3 hermanos en una casa en constitución. La madre nunca estuvo. Se borró cuando el era chiquito. Está esperando que los hermanos le consigan laburo en la fábrica de hilos donde trabajan los dos. Pero está bajoneado porque no tiene el secundario completo, pero lo quiere empezar. A quien se le ocurre pedir el secundario como algo excluyente para hacer hilos?

-        Igual, si tenés unos mangos, mejor.

-        -no, no tengo plata, lo último me lo gasté en esta birra.  A ver…bancá.

Revolvió el bolsillo y encontró un billete con la cara de Sanmartín.

-        Mirá lo que tengo. Tomá.

El pibe agarró la guita y le palmeó el hombro para agradecerle. maquia estaba feliz.

-        No querés que te presente a unos amigos?- el pibe estaba contento, pero a maquia no

le seducía mucho la idea de dejarse llevar por el hombre X, era confiada, pero no boluda.

-        Adonde están?

-        En el cine de enfrente de la plaza, lo conocés?

-        Nunca fui. Pero vamos. Vamos.

Tenían que patear dos cuadras y ahí estaba la plaza. En frente, el cine porno del once.

En la puerta había un lelo, un tipo que tenía ciertas dificultades para hablar, o por ahí estaba 0 km, y los que tenían problemas eran los que lo veían. La romántica y eterna discusión sobre la locura y sus estrofas. Los que se refieren así a esta patología es porque nunca la piraron posta, nunca se les soltó la cadena ni tampoco vieron a ningún loco de cerca. Se sufre mucho. No está bueno estar loco. Lo juro.

Y ahí estaba el tipo, cortando los boletos que vendía un gordo con anteojos de marco grueso, ubicado en su garita de vendedor de entradas de cine. Parecía una escena del cine argentino viejo, de los años 50,  el de la época de oro, cuando Argentina importaba la cinta del cinematógrafo, antes de que el general se peleara con los gringos y nos cortaran el suministro de aquella cinta. Cuando se empezó a fabricar en argentina, sustitucióndeimportaciones, el general mediante, la cinta no era tan buena. Cualquiera que logre ver una película argentina de aquella época y no escuche bien en que idioma hablan, es porque es cinta made in argentina. La intención fue buena, pero el producto era medio flojo.

La cosa es que el lelo también era gangoso.

-*-‘%#el #”’+*bo]>le+*’to, se+*[}`#ñor- dijo el tipo en perfecto slang de alguna parte.

- como no, acá tiene.

Y por supuesto, el pibe X no pagaba. Era de la casa, como un vino barato de un restaurante medio pelo.

Una vez adentro era inevitable un choque con una escalera que alguna vez fue blanca, igual que las paredes, como si todo el lugar histeriqueara de limpieza. Ok, estaban en un cine porno en uno de los barrios que no son famosos por lo limpios, pero el color blanco dejaba una pregunta sin respuesta: ¿por cuá?

No era una escalera muy larga, pero subirla fue una excursión. Se ascendía, y a la vez se descendía a todo. Subir era bajar. Avanzar era retroceder. Pero la curiosidad era lo mejor que tenía maquia.

El final de la escalera encendió su  alerta. A partir de ahí podía pasar cualquier cosa, era tirarse a una pileta de deseo-mierda-guasca-miseria, un proyector de diapositivas de la realidad más trash.

En el descanso de la escalera y contra la pared había un sillón de 3 cuerpos, pero sobre el había dos. Uno de ellos tenía el pelo con gel y una bufanda de colores alrededor del corto cuello. Una campera negra onda rompevientos sobre un colchón de sweters y un jean+zapatillas blancas era su uniforme de batalla. El otro no tenía gel en la cabeza, se sentía mejor con el pelo sucio y desprolijo, como la canción de Pappo. Tenía una campera inflable negra y de ahí para abajo estaba igual que su compañero de sofá.

Cuando el pibe X los vio, se les tiró encima. Los del sofá lo vieron, y largaron un grito finito, seguido de un: ¡vino mi novio!!

El lugar había eclipsado las ganas que tenía de conocer a los chongos amigotes del pibe X. Aunque no sabía si iban a ser chongos, travas, dealers, pungas, presidiarios, electricistas, doctores, o lo que fuera. Era un lugar absolutamente ecléctico. Lo misceláneo en todo su esplendor. Había de todo.

-si llega a estar el Ricky es un golazo- dijo el pibe x, que a esa altura estaba medio pesado de palabras. Maquia estaba obnubilado con el lugar y no necesitaba que se lo describan. Pero la palabra Ricky ameritaba un comentario:

-vamos a buscarlo- le dijo Maquia sabiendo que algo bueno tenía que tener un sujeto apodado así, al que, además, estaban buscando por todo ese complejo carnal.

La sala …chiquita, con pocas butacas, ojalá las hubiera podido contar. La cosa es que el tal Ricky no estaba ahí. Ninguna de las nucas que se veían pertenecía al Ricky. Había que subir a buscarlo al piso de arriba. Sí. Había un piso de arriba.

En el costado de la pseudosala de cine había una escalera, además de la que había en la entrada, con esta escalera parecía que el cine no terminaba nunca, seguía para arriba sin parar. Era un pasillo  con escalones oscuros, como todo allí. Como todos allí. El pibe X invitó a Maquia a subir los escalones y no hubo negativa, más bien entusiasmo. Subieron.

Había más butacas, menos que en la sala de abajo. Y había un balcón por el que se podía ver la película, la misma carnicería que se podía ver desde abajo. Serían una 5 filas de asientos en escalera, tipo gradas. A un costado había un cuartito oscuro.

-Está acá? Lo ves? Como es?- le preguntó Maquia al pibe X.

-Debe estar adentro.- contestó.

Ese “adentro” significaba adentro del cuartito. No era un lugar del todo cerrado, tenía una entrada sin puerta y la poca luz de la película facilitaba la visión, pero había que hacer fuerza para ver bien. El pibe X se encontró con una trava que estaba parada mirando la película, acodada en el balcón, moviendo las patitas, marcando su estado nervioso, o relajado según se lea. La travesti le hablaba como si se conocieran de toda la vida, en voz alta y a veces a los gritos, se apoyaba en el hombro del pibe X y se reía a carcajadas moviendo la cabeza para adelante y para atrás. Todo en ella era exagerado: la ropa, la pollera, el pelo, el maquillaje, la risa. La voz.

Maquia no pudo contener el aburrimiento, porque el pibe no le presentaba a su amiga, y ella parecía no registrar nada más que a la película y a su interlocutor. Entonces maquia se dio media vuelta y se metió en el cuartito. Había que esquivar señores, algunos muy mayores, de esos que caminan con dificultad, pero sin bastones, lo única que faltaba. Los señores que entraban y salían de allí no eran homogéneos excepto por la edad. La mayoría usaba camisas, con un sweeter de Cashmir anudado en el cuello. Todos con anteojos. Algunos llevaban una camperita tipo cardigan. Cuando lo miraban a Maquia ponían cara de cocinero que está afilando su cuchilla,  Serial killers de la cocina donde se hierve el porno con salsa de sexo duro y condimentos de pija. Se atolondraban, se arrojaban, se rozaban, se tocaban. Entraban y salían atravesando las paredes de sombra negra-líquida recordando una puerta que nunca estuvo.

Afuera estaba el pibe X haciendo club con la travesti mas algún otro sujeto alto y destrozado que se expresaba con una voz de ultratumba vibradora de ambiente.

Adentro estaba Maquia, recorriendo con la vista un pequeño ecosistema lascivo y degenerado, deteniendo la mirada sobre pedazos de piel rescatados por la luz de afuera que se filtraba adentro. Tratando de distinguir un brazo de una pierna, una persona de una sombra, la sangre del esperma o la saliva de seres en movimiento diletante.

A un costado, una situación. Las sombras se amontonaban, se arrojaban sobre dos, tres o cuatro sujetos que se ensamblaban en un barroco de carne y pelo, que se movía espasmódicamente, que llenaba el lugar de adrenalina e histeria colectiva, se corría la bola que arriba se había armado el rockanroll. Y los zombies acudían desde la escalera, desde las gradas, desde todos los  rincones de aquella patria libidinosa para presenciar el acto, o en su defecto participar.

Maquia miraba y se alejaba, sorteando la marea de sexo hacia atrás, hacia la última de las paredes, desde donde se podía tener una perspectiva de todas las conductas. Pero uno de sus pasos se detuvo porque había pisado algo blandito, como si fuera ropa o una mano. Y era eso. La mano que había pisado le pertenecía a un joven que estaba sentado en el suelo, con la pared apoyada en el ángulo de las paredes del fondo, ambos brazos caídos al suelo y con la cara mirando al techo, apoyada en la pared. Se lo podía adivinar una boca abierta, con un río brillante que partía de su boca y terminaba en un goteo del cuello al hombro. No sabemos si estaba muerto o estaba en otro lugar. Tenía una media atada al brazo y una aguja clavada en el mismo que dejaba caer una jeringa como de juguete. Era una escena a lo David Lynch, pero interactiva, en la que los espectadores entraban y salían de su lugar de espectadores y hacían lo mismo de su lugar de actores.

Maquia no sabía si preguntar, esperando alguna reacción del muerto para saber si no estaba verdaderamente muerto. Si no reaccionaba ante un samarreo  había que ir mirando para la puerta.

Lo dicho. Hubo otro samarreo disimulado, moviendo un poco aquel cuerpo vacío, pero no hubo respuesta. Y hubo que mirar para la puerta. En el medio de la melange de masculinos que se amontonaban adentro del cuartito apareció el pibe X. Fue derecho al final y vio al muerto en el piso, se agachó y empezó a gritarle para que se levantara. El muerto era Ricky y su amigo estaba en un grito tratando de despertarlo.

Ya había sido suficiente. Maquia enfiló a la escalera y descendió a la sala de abajo. De ahí a la otra escalera que estaba afuera de la sala, para salir del cine.

¿Qué es lo primero que se piensa cuando pasan estas cosas? Enseguida vienen al cerebro móviles con sirenas de colores en el techo, ambulancias o patrulleros. O nada. O dos o tres integrantes del staff del cine arrojando un cuerpo totalmente drogado a la vereda. Maquia no quería ver eso, después de todo, el muerto también era una persona.

Entonces se fue del tugurio, empezó a caminar a paso distraído por las calles del once, medio atontado por lo que pasó, hediendo olor a muerte. Agarró por Jujuy para arriba, hasta la próxima avenida. Ya tenía hambre, porque estaba aterrizando del viaje postporro, iba cambiando las imágenes del cine por otras, eran fotos de comida. Mucha comida.

Aquella cara del muerto volvía a veces, era la misma cara reproducida en muchas caras de la plaza Miserere. Ojos cerrados o entre abiertos, vacíos. Boca abierta con salida de baba. Y la nada misma en el rostro. Todavía están allí, mirando para arriba.

Published in: on noviembre 29, 2011 at 12:10 am  Dejar un comentario  

Caramba Graciela



Por Pita


Una vez que la politiquita se me mezcla con las tanguitas levanto la mano, pido permiso y paso.

La señora Alfano, tal como lo explicó, tiene derecho a acostarse con Massera, con Montoto Flores, o Juan pelotas. Puede coquetear con asesinos, ladrones, y genocidas también. Puede inmiscuir su toqueteada naríz en el agujero que le plazca. Los Estados no deberían meterse en las camas de sus ciudadanos. El dime con quién andas y te diré quién eres  es un axioma. No creo que Graciela sea una asesina por acostarse con un asesino.

Pero caramba Graciela, cuando los fluidos del amor contagian ciertas ideologías, los dichos y las herramientas para defenderla se nos caen. Como se nos cae la risita cómplice cuando nombra 30 mil desaparecidos con tanta frivolidad. Si acaso es conciente de que la están acusando de ser la Eva Braun argentina, no debería tener siquiera muecas ni tiempo para pelearse con Rial, Montoto o Juan Pelotas.

Caramba Graciela. Su almirante, el muerto que le adjudican, gustaba de matar. Gustaba de sangre, de torturas, de niñas bonitas, quizás también. Nadie lo culparía por fijarse en usted. Nadie.

Caramba Graciela, una mujer de título, de tapas de revistas, de belleza inconmesurable. De tanta fatalidad, lo fatal la abrazó. Fatalidad de ni siquiera reconocer o desmentir los tibios rumores.

Caramba Graciela, usted 24 y él 51.

Caramba Graciela. Su militancia en la Juventud Peronista, y sus tendencias de izquierda que según usted la llevaron a ser despedida del Canal 13 en aquella época, no la hicieron recapacitar sobre el muerto que tiene en placard.

Caramba Graciela, bastaría decirle que las estadísticas de homicidios que maneja son tan inciertas como el destino de 30 mil cuerpos.

Caramba Graciela, no meta en el mismo colchón a la democracia y a la dictadura, porque nos obliga a meternos en el suyo.

Caramba Graciela, no sé quién es su asesor/a, pero ha de cuidarla muy bien, porque mientras perdemos tiempo en buscar qué parte suya conquistó al Almirante, si es que así fue, nos olvidamos de pedirle que si existieron regalos los devuelva, que esos regalos tienen sangre, que toda esta batahola, este cuento falaz, podría hacerla cómplice.

Porque, caramba Graciela, nosotras sabemos que las amantes saben más de sus amados que sus propias mujeres.

esperandoalosbarbaros@gmail.com

 

Published in: on agosto 23, 2011 at 11:19 pm  Dejar un comentario  

Caterva de insultos


A quien corresponda: 

Feto mal concebido. Energúmeno. Horrible. Asqueroso. Devenido en moco mal sacado. Sos la lagaña del medio día que se cae a las 3 de la tarde. Escoria. Basura. Orejón del tarro podrido. Poca cosa. Creído.

No llegás a mala persona, te falta. Limitado. Careces de caracteres. Yogurt vencido. Beneplácito. Inmóvil. Quieto. Pardo.

Bosta fresca que se pisa en pata. Olor a podrido. Caspa de croto. Último meo que moja la rodilla. Cascarria.

Último Bondi varado en embotellamiento. Goma desinflada. Prótesis mal hecha. Mala praxis. Embudo sin agujerito.

Divertimento de fachos. Pata sucia con carroña. Mezcla de cemento que no seca. Bastión idiota.

Auricular que no funciona, televisor sin canales. Microonda sin onda. Hijo de puta es un halago. Y la mierda, después de todo es vital.

Caca descompuesta. Sorete mal cagado. Comprate un volante y manejate.

Hechizo de hada corrupta. Oruga de mariposa rebelde. Pájaro que no vuela, nada ni corre. Pesadilla. Mal parto.

Y así…

Published in: on julio 12, 2011 at 4:08 am  Dejar un comentario  

Odio


Por Pita.

La gente que está conectada y nunca contesta. La gente que tiene celular y no le carga crédito, ni batería. La gente que roba internet MAL.

La gente que confunde ceja con pestaña.

La gente roscuda, como diría mi santa madre. La gente que quiere …. más de lo que el …. le dá. La gente pro sistema.

La gente que no sabe cual es el oriente y el occidente.

La gente que dice que su defecto es ser sincera.

La gente que habla, dice y piensa con frases hechas.

La gente que no toma alcohol por gusto.

La gente que dice “fumar hace mal”.

Gente que por un rato de escenario mata a la madre, hablo de vedetongas y de politiquitos. Gente que hace agua, que necesita que la lean, la escuchen, la miren, y que le digan que la leyeron, la escucharon y la miraron, para al fin, después, existir.

La gente que come del plato ajeno y que dice no comer para después terminar comiendo.

La gente necia, soberbia. La gente que mira todo el tiempo como oliendo mierda –quedan exentos los chicatos-.

Gente sin calle. La gente de zapatilla lustrada, prolija, obsesiva y quisquillosa. La gente de allá que mira a los de acá, creyendo que hay un nosotros y aquellos.

La gente pedante. Las gentes chusmas, alcahuetas. Admiro a los mentirosos, no así a los blasfemos. La gente descortés, socarrona, mala leche. La gente que se embelece de trasgredir con su acidez. La gente que quiere ser como los grandes, humildes. La gente que pide ser tratada de usted.

La gente que cree que una edad superior habilita un insulto. Las viejas impunes.

La gente con olor.

La gente cizañera, ventajera, burlona. La gente rencorosa, no así a la me mo rio sa.

Gente que al problema le dice problemática.

La gente misteriosa y con secretos. Gente que esconde cuánto gana. La gente amarreta con los demás. Gente victimizada. La gente de protocolo. La gente de glamour. Las apariencias. La gente de apariencias, de juguete. La gente de photoshop.

Published in: on junio 12, 2011 at 6:29 pm  Dejar un comentario  

Las chicas lindas II


Por Pita.

-¿Me presentás a tu amiga?

-Sí, con gusto. Lo único que te pido es que no te hagás el vivo.

Tiempo después sería fatal. Que me escribió, que me tocó, que le respondo, que no. ¡Que hay mi Dios!. Si le dije que te cuidara. Que te cuidara de los boludos. No sabía que era un boludo, me cayó simpático. ¿Qué?. ¿Te dijo eso?. Mandalo a la mierda. Ya está. “No puedo, creo que me gusta de verdad”. Nena nena nena. Estás en el baile, bailá. Soy grande. “Él también“. No sé, arréglense. Me cansan. “Acompañame“. Ni en pedo. Bueno. Dale.

Y en ese histeriqueo ajeno nadie sabe cómo me llamo. Es como cuando contás la mejor película. La viste, hasta casi sos omnipresente, un diosito que da vuelta por la cabeza de los protagonistas. Te creés que la sabés. Pero no. Resulta que no.

En las historias cursis e histéricas, siempre hay alguien que cuenta, pero no vive la novela. Ahí estoy yo, chusmeando a ver qué onda, sin más propósito que verla feliz. Y no es que sea buena por eso, tampoco mala. Pero ser la de al lado… el confite de la torta… es una vergüenza.

Y la pobre no es una sola, a esta altura puedo sumar una decena, por lo menos. Una decena de preciosas personas, encandiladoras. Y quizás un poco por eso son mis amigas. Y quizás por eso las quiero. Y quizás por eso terminé canalizando lo que siempre odié: los diarios íntimos públicos.

Y la rueda da vueltas, y otra vez gira y vuelve a empezar. “Ya me olvidé, está con otra, ¿salimos?“. ¿Tenés ganas?. “Se“. Dale.

-¿Me presentás a tu amiga?

-Sí, con gusto. Lo único que te pido es que no te hagás el vivo.

esperandoalosbarbaros@gmail.com

Published in: on mayo 23, 2011 at 5:30 am  Dejar un comentario  
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